sábado, 5 de abril de 2008

crónicas de una peatona

Sin pensar en mucho más que la percusión de mis zapatillas contra el piso, me encontré frente a un hombre. Bah, tenía más cara de chico, unos "veintilargos". Rubiecito, flaquito, despreocupado como yo. Se me acercó y me preguntó dónde quedaba algún bar, del que no tenía yo idea. Dos palabras que se me borronean en el recuerdo, y me invita a acompañarlo con unos tragos en español de extranjero. Me sonreí y seguí caminando. Unos pasos más adelante me arrepentí. O algo así. Quería al menos agradecerle, o algo! Era inofensivo, un turista aburrido. Y porqué no? simplemente otro peatón. Y pensé en la extraña coincidencia que le diera mi última moneda al quiosquero y me aventurara a caminar. Ya había decidido hablarle de nuevo, aunque sin saber qué decirle. Pero de nuevo, y como siempre, te das vuelta y ya no está.

Decidí seguir caminando. Tenía esa sensación de haber dejado pasar una oportunidad, un algo que podría ser bueno, aunque sea sólo un buen rato, un amigo, una buena anécdota... qué se yo. En eso estaba, pensando en todo y nada, cuando me encontré parada en frente a una vidriera de librería. Eso no es extraño en mí, ya sabrán. Pero no estaba mirando todos los libros, tan sólo una tapa naranja, un solo título. Me quedé estúpida mirando ese libro, con ganas de entrar, olerlo y llevarlo. Pero me quedé ahí idiota frente a la vidriera quién sabe cuánto tiempo. Y seguí. La sensación de dejar pasar cosas que quería aumentaba. Tendría que haber aceptado, tendría que haber entrado... Y ahora tenía ganas de llegar a mi casa y nada más, y seguí con una inmensidad bailando en mi cabeza. Y unos pasos se acercaban junto al perfume de un amor desvanecido. Respiré melancolía. Seguí caminando y la gente se hacía más densa. Otro olor, otro hombre de mi vida. Un par de cuadras, y varias historias. Y un olor a frutilla artificial, a álbum de figuritas, a infancia. Tantos recuerdos en olores en recuerdos en pasos cuadras, más olores. Un perro viene corriendo de frente, para para mirarme y me sigue con la mirada. Y me mira a los ojos, a la cara, porque yo lo miro. Como el otro día en que el gato de la panadería no dejaba de acariciarse con mi pierna. Será alguna etapa lunar...

Ya casi llegaba, un terrible viaje de unas veinte cuadras, quizás un poco más. Ya me regocijaba en la calidez de mi casa, cuando dos mocosos, sí, dos criaturas de dios -o de recoleta-, me cierran el paso. Me dijeron alguna boludez, y desvanecieron la magia de la noche. Me cortaron el último aletazo del verano y sus noches fantásticas. Cortamambos. Mocosos sin respetos ni nada. Me oigo sonar como vieja chancluda, pero ya que entré en eso: los agarraría de las orejas!

En fin, para no irme con el trago amargo, fui a buscar los olvidos en tapa dura, y me metí en magias ajenas de Saracino y unos cuantos más un rato. Y el rato se hizo tarde, y tarde escribo los recuerdos borrosos de un día peatonal, en calles que se cuzan todo el tiempo. Serán tonteras o miro demamsiado todo, pero los detalles... Detalles que hacen que las personas se puedan leer, que las noches muestren sus secretos y que algunos días revelen sus misteriosas formas bizarras.

4 comentarios:

Lucho dijo...

Se llama Benjamín Huraño el "turista" que te cruzaste por la calle. Y, aunque te parezca increíble, quizás sí charlaron y se fueron a tomar algo y -si todo funcionó bien- "hicieron magia", como le gusta decir a él. El tema es que Benjamín hace trampa, y vos nunca vas a acordarte de todo eso aún cuando te lo vuelvas a cruzar y la historia vuelva a repetirse. Lo del libro y lo del perro también es cosa de él: tanto tiempo encerrado en el dimenticatoio lo hacen inventarse esas cosas.
¿Qué cosas?
Habrá que esperar al tomo dos del Historias...

bensonita dijo...

Ya es un olvido añejado, hecho recuerdo. Puedo afirmar con toda seguridad que no estoy segura de no haber pasado ratos formidables con el Sr. Huraño. Sin embargo, el libro era el diccionario del diablo, aquel que me hipnotizó. Como el viejo Hamlet, el fantasma del rey; una presencia perturbadora y ambigüa en sus señales...

Nacho =( dijo...

que pena q justo cuando estabas x entrar a tu casa, no te tomaron sorpresivamente del brazo, te dieron vuelta con resolución, y era el turista, con el libro de tapa naranja.
hubiera sido un buen final.
un poco obvio, pero quien me discute q no es bueno?
al menos para una publicidad de jockey suaves
besos

bensonita dijo...

La historia podría decir que se continuó ayer. Estaba yo caminando a paso tortua como siempre, y sieto que alguien me llama de a no más de un metro, me está dando algo y usa palabras cordiales. Veo un pelo rubio, pero se me borroneó la cara. Benjamín Huraño de nuevo? me extiende su tarjeta personal, y me invita un café. La inistencia me dio miedo supongo, pero me quedé con la tarjeta. Mientras la miraba en el colectivo, me brotó una sonrisa. Era un nombre largo y bizarro, y había una silueta: un hombre saludando ocn un bombín y un bastón, a lo Chaplin. Cosas extrañas de la ciudad... O el Sr. Benjamín Huraño la tiene conmigo, aquel del dimenticatoio, el lugar de los olvidos. Visiten el blog del Sr Saracino, o Lucho, como prefiere presentarse en este humilde rincón binario.